En la actualidad, mientras el minimalismo y el estilo nórdico continúan dominando muchas tendencias, el maximalismo ha resurgido con fuerza, ofreciendo una alternativa que prioriza la expresión personal mediante la amplia gama de colores, texturas y formas. Este enfoque no solo satisface un anhelo por la individualidad, sino que también promueve un ángulo acogedor en los espacios que habitamos.
El maximalismo se reconoce por la acumulación intencionada de elementos decorativos. Lejos de crear caos, estos elementos se complementan para contar una historia íntima y personal. Esta tendencia responde directamente a la sobriedad y austeridad que muchos han sentido insuficiente, particularmente en tiempos de incertidumbre. Al integrar arte, muebles de distintas épocas y colores vibrantes, se genera un ambiente tanto visualmente estimulante como emocionalmente reconfortante.
Para quienes deseen sumergirse en el maximalismo, hay estrategias claras para facilitar esta transición. La elección de una paleta de colores vivos y contrastantes es esencial para establecer una base sólida. La mezcla de patrones y texturas —como flores, rayas y geometrías— debe ser valiente, siempre y cuando exista un hilo conductor estético.
Se sugiere identificar un punto focal en cada habitación, como una obra de arte impactante o un mueble audaz, que pueda guiar el resto de la decoración. Las estanterías abiertas son perfectas para exhibir colecciones de objetos personales y recuerdos de viaje, aportando equilibrio y evitando el caos.
El maximalismo permite relatos personales a través de los objetos que nos rodean, enfatizando recuerdos y experiencias. En lugar de buscar la uniformidad o adherirse a la filosofía del «menos es más», se trata de celebrar todo aquello que se ama y que genera una sensación de hogar. Esta búsqueda de calidez y autenticidad no solo actúa como un refugio, sino que demuestra que, en ocasiones, más de verdad es más.







