La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) ha emitido un comunicado en el marco del 8 de marzo, destacando el impacto del sesgo de género en la salud mental de las mujeres en España. Un análisis detallado muestra que el consumo de benzodiacepinas y antidepresivos es significativamente mayor en mujeres que en hombres, especialmente en los grupos de mayor edad. Esta disparidad no se debe únicamente a factores biológicos, sino también a prácticas de medicalización del malestar, donde síntomas como la ansiedad y la tristeza se interpretan como señales que necesitan ser silenciadas en lugar de ser abordadas.
Según el comunicado, el sistema sanitario tiende a priorizar soluciones rápidas mediante prescripciones, en ocasiones fruto de presiones sociales y asistenciales que empujan tanto a profesionales como a pacientes hacia opciones aparentemente más sencillas. Esto ha llevado a que las recetas se conviertan en el recurso más tangible, aunque no siempre el más adecuado, especialmente cuando se ignoran contextos sociales como la carga desproporcionada de responsabilidades de cuidado y la exposición a la violencia de género.
El uso prolongado de psicofármacos no está exento de riesgos, destacando problemas como la dependencia química y el deterioro cognitivo. Además, puede provocar una sedación peligrosa en mujeres que se enfrentan a violencia doméstica. Así, se corre el riesgo de invisibilizar el verdadero origen del sufrimiento femenino, el cual a menudo está enraizado en desigualdades estructurales.
Desde esta perspectiva, se hace un llamado a los profesionales de la salud para que valoren métodos no farmacológicos como la escucha activa, la validación, y el trabajo comunitario, potenciando redes de apoyo que devuelvan a las mujeres su autonomía. Abogan por promover la detección de la violencia de género y un enfoque terapéutico minimalista.
El comunicado concluye subrayando que la defensa de la salud de las mujeres requiere más que recetas; necesita tiempo, atención y recursos que atiendan las raíces sociales del sufrimiento. Se debe evitar la patologización de la vida cotidiana y ofrecer un acompañamiento integral, centrado en las verdaderas necesidades femeninas.








